DISCRIMINACIÓN


El  mundo entra en un nuevo pico de odio discriminador causado por el cese de la mediación simbólica de la palabra, de ésta los líderes autocráticos nos acercan a enfrentamientos con consecuencias imprevisibles. Las políticas sanitarias solo se ocupan de compensar las consecuencias de los hechos y esquivan la consideración de sus causas.
La discriminación entendida como el rechazo de mi prójimo al que considero diferente en valores, educación, raza o color; ya sea de manera individual o en grupo, se maneja como un mecanismo de defensa para mantener al otro a distancia prudencial por su sospechada peligrosidad, solo fundamentada en nuestra reacción paranoide exacerbada
Uno de los canales a través del cual ésta se vehiculiza es la envidia. Se envidia porque se presupone que el goce del otro es mayor al nuestro y por lo tanto se genera un sentimiento de injusticia y resentimiento. Se pensará que en muchos casos esto está justificado, y es evidente que es así en muchas circunstancias dadas las diferencias existentes, pero aunque no parezca no pasa solo por los bienes materiales o territoriales. Aunque se repartiera equitativamente los bienes, lo cual es imposible, no por esto desaparecería la envidia como uno de los sentimientos dolorosos más importantes en nuestra vida. Otras comparaciones de goce rápidamente harían su aparición.
Podemos darnos cuenta que la pretensión de un goce equitativo es imposible de satisfacer.
Otro de los canales por donde se expresa la discriminación es por el miedo. El miedo a ser expulsado de nuestro medio o a ser invadido por intereses económicos de origen racial o religioso, o menospreciado por diferencias culturales, sociales o geográficas.
Por lo tanto el odio discriminador es inherente al ser humano y componente esencial de nuestros impulsos destructivos, solo neutralizado por el amor…el amor al diferente.
Si no ponemos sobre la mesa, aceptándolo públicamente nuestro afecto discriminador, en todos y en cada uno, viéndolo sin emitir juicio ni vergüenza alguna en nuestro interior, y aceptándolo en conjunto con otros, como materia de observación, nuestro inhumanismo a través de un goce mortífero no podrá ser atenuado en un marco limitado.



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